Chabela… parte I
EL MUELLE
Son los principios de los años treintas, en un México postrevolucionario, donde las heridas de una revolución armada no han cerrado del todo. Nuestro relato comienza con el silbato de un gran barco negro, aúlla como al gato que le han pisado la cola, anunciando su próximo arribo a costas veracruzanas. Unas gaviotas lo van acompañando en su travesía, y la gran propela del barco comienza a disminuir sus revoluciones, ya que se va acercando cada vez más a la costa.
Una numerosa tripulación, parsimoniosamente obedece las órdenes que salen de una enronquecida garganta. Por la popa se puede divisar un pequeño remolcador y unos cables tan gruesos como la pierna de un hombre empieza a descolgarse por las orillas del barco y por fin terminan enganchadas al remolcador. Tal parece que David sujetara un Goliat vencido, arrastrándolo victorioso.
¡Con que lentitud los hombres del muelle se preparan para realizar el desembarco!, en las pletóricas entrañas del navío descansan una variedad innumerable de productos. Latas de conservas de origen español, quesos holandeses, vinos franceses, azúcar y café cubanos etc. Y los estibadores emulando a las bien organizadas hormigas se adentran por las profundas entrañas de aquel gigante, manos callosas por el trabajo aferran cajas y embalajes para llevarlas a buen recaudo. Piernas que caminan presurosas por las bodegas se pueden ver por doquier, el aire huele a mar, huele a sal, huele a sudor de un trabajo bien honrado, huele a libertad.
RODOLFO
Un hombre de tez blanca, cuya edad no rebasa los 35 años de edad, con una incipiente calva y cejas muy pobladas, de complexión robusta y ojos color negro, que descansa contra una pared permanece parado frente al pagador, sus brazos velludos y fornidos colgaban a sus lados, sus ojos detenidamente observan como las monedas se van depositando una a una en sus callosas manos, producto del trabajo de estibaje. Sin pensarlo dos veces toma la paga y la guarda en sus gastados bolsillos. Da la media vuelta y contesta con picardía a las bromas que le hacen sus compañeros. Con paso firme sale de los muelles y sus pensamientos vuelan a kilómetros de distancia. ¿Enrique, Ángela, Concepción? Todo lo que representan esos nombres en su vida. Se había embarcado en una aventura desde pequeño, había probado el sabor de la derrota en tierras lejanas, y en el penoso peregrinar sus pasos lo habían llevado nuevamente a su México amado, y para ser más preciso al Puerto de Veracruz. ¿En que se había empleado?, pues en muchísimas cosas, más debido a su complexión terminó trabajando como estibador en los muelles.
El silencio había sido su inquebrantable compañero, la soledad su paciente pareja, los años habían transcurrido como se dice en un parpadear de ojos, más sin embargo un sentimiento mezclado entre respeto y miedo, había sido la causa que por muchos años le impidiera volver al encuentro de sus seres queridos.
EL MERCADO
Sin percatarse de su destino sus pasos le llevaron al mercado municipal; amas de casa que realizan sus compras, regateando por conseguir unos centavos de menos en el precio de sus compras. Se pueden oír los gritos que pregonan el precio de los productos que ahí se venden. “Paséele marchante, aquí el jitomate a 35 centavos, papa grande a 50 centavos paséele paséele”. Otros más se detienen en los puestos para degustar una ricas y deliciosas “Picadas”, que son ni más ni menos tortillas fritas y que se aderezan con Chile y queso añejo.
Nota del narrador.- !Para picadas las que me daba mi abuela con su gancho de tejer en las costillas!… jajajajajajaja
Pues bien retomando el relato, y no puede faltar el famoso changarro de Don Venancio, ese español con su clásica boina y puro en la boca que despacha a diestra y siniestra, el jaboncillo de pasta para la ropa, el arroz, el fríjol, el vinagre de manzana, el huevo rojo de granja etc, etc.
Rodolfo recorre el mercado buscando entre los puestos, las viandas diarias, más de pronto una algarabía se empieza a escuchar y cuyo origen es de una plazoleta adjunta al mercado. Por romper la monotonía del día se dirige a ver que es lo que pasa. Sus ojos aterrizan en una escena que le calienta la sangre.
EL BRUJO
Ahí se encontraba un hombre de unos cuarenta y cinco ó cuando mucho cincuenta años. El color de su piel era casi negra, su figura denotaba una papada toda floja, un vientre abultado producto de la ingestión de bebidas alcohólicas, medio calvo y los pocos cabellos eran una maraña. Descamisado y dando traspiés, le propinaba una soberana paliza a una muchachita toda escuálida de no más de veinte o veintidós años. Las sucias palmas del borracho aterrizaban en el rostro enjuto de la joven. Y pese al estado de embriaguez que guardaba, sus pies volaban para estrellarse en el maltrecho cuerpo de aquella infeliz.
Por un momento pareciera que ya no le seguiría golpeando, más sin embargo se toma un momento para desabrochar la hebilla del cinturón y desenrollándolo de aquella cintura de tinaco se dispone a darles unos azotes. Una mano se atraviesa en el camino del amenazante cuero y lo detiene en el aire acompañado de un seco grito. ¡Basta!…
Nota… mañana continuaremos leyendo esta historia


