Chabela… parte II
LA HORMA DE SUS ZAPATOS
No dando crédito el borracho a lo que sus peludas orejas escuchan, voltea sus amarillentos y salidos ojos, para ver quien era el insolente que se había atrevido a impedir el injusto castigo. Una mirada penetrante se atraviesa el camino, unos ojos llenos de furia parecen clavarse en lo más recóndito del alcoholizado cerebro y por en segundo siente un mazo compuesto de piel y de huesos que se estrella sin piedad en su rostro.
Tal es la fuerza del golpe, que lo envía de espaldas al sucio suelo, y tan redonda es su humanidad que no atina en como pararse para hacer frente al agresor.
Con una orden tajante Rodolfo le ordena que se pare, porque ahora si se encontró con la horma de sus zapatos. El borracho con muchas dificultades logra erguir su sucia humanidad, y se le abalanza a Rodolfo con la intención de derribarlo, más no contaba que aquel se ganaba la vida levantando bultos, y en un instante el cuerpo del borracho se encontraba volando por los aires.
Agotado por la breve lucha, el borracho decide poner pies en polvorosa, no sin antes proferir una amenaza. “Te voy a convertir en una culebra y te aplastaré”. Al escucharlo Rodolfo no hace sino más que sonreír, y haciendo la finta de que se abalanzaba nuevamente sobre su contrincante, este salió corriendo casi a gatas.
La gente que había observado la breve disputa empieza a disgregarse y Rodolfo sacudiéndose el polvo de los pantalones, dirige su mirada al lugar en donde se encuentra la muchachita. Ella todavía con los ojos llorosos sin levantar la mirada le da las gracias, y él le pregunta su nombre, y ella con una voz temerosa dice: “Chabela”.
LA HISTORIA
Él la observa detenidamente, su humilde vestimenta aunque limpia, guardaba sin embargo rastros de los golpes sufridos a manos de su verdugo. Sin ninguna mala intención le pregunta la razón del porqué le estaba pegando el borrachín, le preguntó si era su marido. A lo que ella le contesto que no, que no era su marido. Más de pronto Chabela rompe entre sollozos lastimeros. Intrigado por el tono lastimero le pregunta si le había proferido alguna herida a lo que ella contesta que no, pero su angustia y desespero venía de la inquietud de lo incierto de su destino a partir de ese momento.
— ¿A ver Chabela por que dices eso?,
— Es que ahora que llegue a la casa, “El Brujo” me va a pegar más feo todavía.
— Pero no te entiendo, si no es tu marido, ¿porque permites que te trate así, y por que le llamas “El brujo?”.
Comienzan a caminar para no dar de que hablar a la gente, y ella le pregunta que si quiere escuchar su historia.
Rodolfo responde afirmativamente, pero le pide que se sienten en una banca de un parque cercano. Se dirigen a una banca cercana a prudente distancia. En ese momento Chabela comienza a narrar la historia de su vida.
“Yo nací en un pueblito de aquí de Veracruz, mi apá se dedicaba a la pesca y mi amá al quehacer. La casa donde vivía con mis padres es igual a como son todas las casas de por aquí. Las paredes son de adobe pal’ frió y pal’ calor, tenía dos cuartitos y en una de las paredes estaba una estampita grande de la virgencita de Guadalupe y para que no estuviera solita, le pusimos a San Martín de Porres. Mi mamá tenía gallinitas, marranos y guajolotes. Por lo que yo me acuerdo nunca tuve hermanos por lo tanto yo le ayudaba a mi amá en todo lo que ella me mandaba. Una tarde me encontraba planchando la ropa cuando de pronto algo me hizo voltear mis ojitos hacia la ventana y ahí estaba él.
Mi primera impresión fue de horror, ya que se trataba de un hombre al que le decíamos “El Brujo” y al que la gente del pueblo le temíamos, ya que se decía que él se podía transformar en cualquier animal y que además hacía encantamientos para "echarse al plato" a uno que otro cristiano.
Traté de desviar mi mirada y mis ojitos no querían voltearse pa’ otro lado, traté de menearme para que ya no me viera y ni las manos podía mover. “El Brujo” nomás echó una carcajada que retumbo aquí en mis oídos, y al carcajearse pude observar que nomás tenía unos cuantos dientes.
Y sólo escuché que me gritó, “Cuando yo quiera te vas a venir conmigo, nomás te hago que vengas pa’ acá y lueguito te vas a venir”.
Y así como llegó sin que lo pudiera ver, así se fue sin que pudiera divisar pa’ donde jaló, lo más que pude hacer, fue ponerme a chillar por el harto miedo que me dió.
Mi mamacita llegó corriendo pa’ preguntarme qué me pasaba, y yo entre chillido y moqueo le pude platicar lo que había pasado. Nomás me decía ¡hay Chabela! y ora que vamos hacer, tu apá va a dilatar en llegar, quesque se fue por allá por los jagüeyes. Pero pérate ya sé lo que vamos hacer, anda agarra tu chal y vámonos con mi comadre Chona pa’ que nos diga que hacemos.
Mi mamacita era chaparrita y gordita, con hartos chinos en el pelo, pero eso si, el pelo bien negro. Pobrecita de mi amá, me acuerdo que íbamos corre y corre pa’ la casa de mi madrina Chonita, que era retebuena para quitar “el mal del ojo”. Cuando llegamos ahí estaba regando sus plantitas del zaguán de la casa. Nomás nos vio y hasta la cubeta aventó, salió a recibirnos y nos preguntó qué nos pasaba, por qué íbamos corriendo como chivas locas. Nos pasó a su casita y ahí nos dió sendas tazas de calientito té de hojas de naranjo pal’ susto y mi mamacita entre sorbo y sorbo y entre sollozo y sollozo le platicó lo que me había pasado.
No había acabado de contarle todo cuando la cara de mi madrinita nomás arqueó las cejas y chasqueó la boca. “Ta güeno comadrita”, dijo la Comadre Chona, esta repeliagüda la cosa; una de dos, o la manda con el “Padrecito de la Iglesia” o con algún familiar a otro lado, porque de que se le mete algo en la cabeza “Al Brujo” ni quien se la pueda quitar. Ahí ta’ el caso del pobrecito de Don Manuel “que en paz descanse”, no ve que tuvo un pleito quesque que por unos chivos, y lueguito le empezaron salir gusanos de los oyidos y nomás duro tres días y se difuntio todito.
Mi pobre amá, nomás agarraba los flecos del chal y los hacia trencitas, y las dos estábamos bien compungidas, yo con mis veintitantos años tan grandota y llorando. Le dimos las gracias por el consejo y salimos con un caminar que pareciera que nos hubieran puesto cadenas en los pies. Ya de regreso a la casa lo primero que hizo mi amá fue poner un collar de ajos en la puerta y unas veladoras a la virgencita de Guadalupe, y lueguito comenzamos a rezar un Rosario. Fue cayendo la noche y nos echamos unos taquitos de frijolitos con un café negro con canela. Cada quien jaló pa’ su rincón, desenredamos los petates y nos acostamos a dormir. Yo no podía dormir, escuchaba ruidos extraños en el corral, en el gallinero, allá ajuerita en la puerta. Y como no podía dormir me paré para echarme un jarro de agua, no había mas que salido pa’ juera, para ir por la olla de agua cuando un ruido a mis espaldas me congeló.
Ahí estaba “El Brujo”, la luz de la Luna alumbraba su cara y no hacia mas que sonreírme, yo quise jalar pa’ dentro de la casa, pero ni me moví, nomás vi que levantó su mano derecha y me dijo: “Vámonos”.
Y así nomás me fui, sin ropa, sin dinero, sin nada, no tenía voluntad. Me llevó pal’ monte y yo nomás veía como la luz de la luna iba alumbrando el caminito, que de caminito nomás tenía el nombre. Porque la hierba tapaba todo, los arbolotes así de grandes llegaban a tapar la luz de la luna y yo nomás como corderito atrás de él. Ni llorar podía, no sé qué me pasó, no tuve voluntad pa’ nada.
Me volví prácticamente su esclava, me hizo su mujer a fuerzas, y cuando él salía alguna parte, inmediatamente tomaba mi chal y salía para irme muy lejos, sólo quería huir de él, pero nomás caminaba unos pasos, cuando los pies se me empezaban a hinchar como sapos, y la planta de los pies se me empezaban a agrietar como polvorón y la sangre me salía a chorritos. Ya no podía dar ni un paso más e invariablemente caía desmayada. No pasaba mucho tiempo llegaba “El Brujo” me daba una patada en donde cayera y me despertaba y lueguito me decía quesque me tenía “amarrada” para que no me fuera. Muchas veces intenté irme y otras tantas me volvía a suceder lo mismo, hasta que no pude más y no queriendo me resigne a mi triste suerte y me quede con él. Desde entonces lo acompaño al monte pa’ recoger yerbas y animales para utilizarlas en las pociones mágicas. Otras veces vamos a pueblitos perdidos en la inmensidad de la montaña.
mañana continuaremos…


