Chabela… parte III

LA DESPEDIDA
El tiempo pasó sin que se dieran cuenta y el relato de Chabela llegaba a su termino, ella se dispuso a levantarse de aquella banca que había sido  mudo testigo de aquella confesión acerca de su vida. Rodolfo le da la mano para ayudarle a pararse a lo que Chabela le agrádese. Antes de irse le recomienda a Rodolfo que se cuide mucho porque “El Brujo” es muy traicionero y rencoroso, sin darle mayor importancia Rodolfo le contesta -no se preocupe Chabelita que la vida me ha curtido a base de golpes y otra raya más al tigre ni sé notara.
El sol comienza a cubrirse por el manto de la tarde y un viento tropical mece las hojas de las palmeras, se podría decir que era otra tarde más, como tantas otras, sin embargo había algo diferente en el ambiente. Y tal pareciera que ese fugaz encuentro terminaría en esa preciosa tarde. Pero el destino no se escribe hasta el último momento y tendrían que pasar muchas tardes para que se escribiera el último renglón.
 
EL CARNAVAL
Los días siguieron su monótono transcurso, días iban y venían, y como algo clásico en el pueblo Mexicano su vivir se basa en las festividades pagano – religiosas, los carnavales hacen acto de aparición como preámbulo a la semana mayor. Veracruz no se queda atrás en este tipo de festividades y su carnaval es tradicional por excelencia, hombres, mujeres, jóvenes y niños se vuelcan a las calles para llevar con la más autentica alegría su festejo. Desgraciadamente los excesos en todo son malos y cobran muchas víctimas y en esa ocasión esta no sería la excepción.
Una luz mortecina alumbra sin ganas las paredes de una cantina, una rockola despide estruendosamente una melodía del “El Charro Cantor” Jorge Negrete, una cacofonía de vasos que se entrechocan y las pláticas a gritos de los parroquianos son el común denominador del ambiente en que ahí se vive.
Las manos del cantinero parecen que tuvieran alas para poder servir los vasos y las botellas parecen que tuviesen competencias para vaciar su contenido haciéndole honores al “Dios Baco”.
En una apartada y desvencijada mesa la plática empieza a subir de tono y entre más transcurren los minutos, una tensa calma aparece. Los cerebros embrutecidos por el alcohol no alcanzan a razonar y dilucidar la realidad de las cosas, de pronto dos individuos se paran retándose a golpes. Los puños atraviesan el espacio para ir a parar a la humanidad de los rivales. Uno de ellos se siente desfallecer y saca de entre sus ropas una navaja dispuesto a terminar la pelea. El otro al darse cuenta de la traicionera acción desenfunda un viejo revolver y se ven tres fogonazos escupidos de la boca de fierro.
En forma lenta y con una incredulidad reflejada en su rostro el tambaleante borracho se derrumba entre sillas y mesas, borbotes de oscura sangre que emulan las fuentes del parque manan de su cuerpo. La vida se escapa en cada suspiro que da, un sopor se empieza adueñar de sus piernas y sus brazos, no tiene fuerza para moverse. La piel se comienza a teñir de una palidez mortal y un silencio sepulcral se hace en el ambiente. Una voz alcanza a decir; “Ya se murió todito El Brujo”.
 
EL ENCUENTRO
El calor del sol calienta el pavimento de las calles a tal grado que si se dejara una vela al rayo del sol, no tardaría mucho tiempo en que se derritiera por completo. En las calles la presencia de la gente se ve ausente, únicamente unos perros callejeros se pueden ver como juguetean entre ellos. Es la hora de la comida y la gente del Puerto acostumbra a tomar unas siesta después de haber hecho los honores a la bendita comida.
Rodolfo venia caminando por el malecón, venia de los muelles y en ese día en especial habían descargado en compañía de sus compañeros un gran buque. Tanto había sido lo que habían descargado que veían bultos de azúcar hasta en los rompeolas. Rodolfo se levantó el ala de su sombrero y con un maltrecho pañuelo se secó el sudor de la perlada frente, iba tan absorto en sus pensamientos que nunca se dio cuenta cuando la puerta se abrió.
El encontronazo fue inminente, sombrero y pañuelo salieron volando por los aires, camisas, sabanas, faldas, blusas y pantalones pareciera que habían tomado vida momentáneamente y cayeron desparramándose por suelo.
Recuperándose instantáneamente Rodolfo se puso en pie y cual sería su sorpresa cuando se dio cuenta con quien había chocado, era Chabela, si Chabela la del mercado, Chabela la del parque, Chabela la de los sollozos.
Y pese a ser un estibador no dejaba de ser un caballero, solícitamente le dio la mano para que se pusiera de pie. Chabela se encontraba todavía atolondrada por el golpe, tal pareciera que había chocado con una pared. Cuando vio que una mano se tendía para ayudarle a incorporarse, de sus labios salieron una serie de imprecaciones a más no poder. Sin fijarse quien le ayudaba se levantó del suelo y sus manos empezaron a sacudir la larga y plizada falda. Por fin levantó el rostro para encararse con el individuo que le hizo caer cuan flaca era. Cuál sería su sorpresa de que se trataba nada mas ni nada menos que de Rodolfo.
La comisura de sus labios se transformaron dando paso a una sonrisa, y un tono subido de color tomo lugar en sus mejillas. Al unísono se ofrecieron disculpas y no habían terminado cuando una risa broto de sus bocas. Rodolfo inmediatamente se acomidió a levantar la ropa que yacía regada por la banqueta y Chabela le decía que no se preocupara que ella levantaría la ropa. Por fin Rodolfo había terminado de recoger toda la ropa y de envolverla en una sábana.
 

mañana continuaremos…

Posted: July 2, 2006 Comments (0)