Padre Gustavo II
Las campanadas del reloj anunciaban las seis de la mañana y el padre Gustavo, abrió sus ojos, estiró los brazos y los dedos de su mano derecha se entrecruzaron haciendo la señal de la Santa Cruz; de sus labios brotó muy suavemente un: “En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
Su mente comienza a realizar un breve análisis de todos los pendientes para ese día: recordó que tenía que hablar con el sacristán llamado “Filemón” a fin de pedirle de favor que le ayudara a cambiar unos focos de los grandes candelabros que colgaban de la nave mayor; tenía que hablar por teléfono al Arzobispado; tenía que ir al centro de la Ciudad a comprar unos cirios; tenía que hablar con la secretaria de la parroquia para saber qué eventos habrían de tener lugar ese fin de semana, en fin; tenía muchas cosas que hacer para ese día. Sin embargo, no sabía lo que le tenía deparado su Dios para ese día.
Se impulsó para levantar su cuerpo de aquella dura cama, llevó sus manos a la cabeza con el fin de alisar sus negros cabellos. Sin prisa ninguna se despojó de su pijama amarilla y se encaminó al pequeño baño que había en su habitación. Sus negros ojos comenzaron a buscar las llaves de la regadera y sin pensarlo dos veces, su mano derecha dio vuelta a las llaves, un tenue vapor empezó a inundar el baño.
El agua caliente comenzó a recorrer su cuerpo, mientras presurosamente el jabón corría vertiginosamente obteniendo una abundante espuma. Terminó de bañarse, cerró las llaves del agua y dio media vuelta envolviéndose en su bata de baño, salió a su modesta recámara y se dirigió al viejo ropero, no había mucho que escoger con respecto a su guardarropa personal. Cuando mucho tenía 5 ó 6 pantalones color negro y si acaso uno o dos pantalones claros y por camisas no rebasaba la docena de ellas. Pues bien, tomó un pantalón negro, una camisa blanca, abrió su cajón de los calcetines, tomó un par y buscó sus zapatos de goma, que utilizaba todos los días.
Se sentó en una desvencijada silla de madera que estaba a un lado del ropero y tranquilamente se empezó a vestir.
Terminada esta labor se levantó y se dirigió al viejo tocador. La tapa de un pomo de brillantina se desenroscó del envase y unos largos dedos tomaron una pequeña porción, misma que desparramó sobre sus cabellos. El peine iba acomodando sus cabellos y mirando por el espejo observó que algunas canas comenzaban a aparecer, sencillamente pensó que el paso del tiempo es inexorable. Habiendo terminado su aseo personal, se levantó y con paso lento se encaminó a la puerta de madera de su recamara, y se dirigió, por un angosto pasillo, a la nave mayor de la Iglesia. Sus pasos lo llevaron a un gran y bello patio, que tenía unas amplias jardineras a sus lados y en el centro una fuente antigua.
Sus ojos se deleitaron con la imagen de las hermosas rosas de brillantes colores que se encontraban plantadas en las jardineras y dio gracias a Dios por permitirle ver esa belleza de la naturaleza. Entonces sus ojos buscaron a las palomas que, día tras día, hacían su habitual asistencia al patio buscando su alimento y le extrañó que ese día, en especial, no había ninguna. Pensó que posiblemente más tarde harían acto de presencia. Prosiguió con su andar y entró nuevamente al pasillo que le conduciría a la antigua Iglesia, mejor conocida como: Nuestra Señora de Fátima. Este recinto fue edificado a mediados del siglo XIX, construido por los frailes Dominicos y constituida por tres naves, con cúpulas elevadas sobre el crucero y el presbiterio, similar al de las iglesias modéjares de Andalucía, España. De corriente Gótica, renacentista y barroca, contenía numerosas imágenes religiosas antiguas, además de la llamada “Campana Mariana” fundida en 1613 y entre lo más sobresaliente estaban los frescos que adornan las bóvedas de la nave mayor. Un cierto frío muy peculiar le recorrió el cuerpo cuando entró a la nave de la Iglesia; en ese momento las puertas del atrio permanecían cerradas, era demasiado temprano para que hubiese misa a esa hora.
Caminó muy lentamente hasta llegar a un lado del altar y una vez ahí, levantó sus ojos para observar una vez más “Su Iglesia”. Los bellísimos vitrales de vidrio plomado reflejaban una luz policroma y su mirada iba de un lugar a otro, posándose en cada una de las imágenes religiosas que ahí se encontraban. Siempre le causó admiración, desde el primer día en que llegó, las imágenes religiosas, la forma tan detallada con que estaban plasmadas; algunas con un rictus de dolor que se reflejaban en su rostro y qué decir de la forma en que se construyó el edificio. Paredes con el grosor de más de un metro y los amplios espacios que ocupaban las cúpulas del recinto, las bancas hechas de esa madera, que perduran por muchas, pero, muchas décadas. Los reclinatorios que habían sido mudos testigos de incontables enlaces matrimoniales y, allá a la mitad del templo, un púlpito que, domingo a domingo, servía de base para dar el sermón a los feligreses. Súbitamente sintió un mareo y sus ojos se posaron en el piso de mármol, como buscando una respuesta a este mareo y por un momento pensó que se iba a desmayar. ¡Que extraño, no me había pasado anteriormente esto!.
De pronto se empezaron a escuchar ruidos que emanaban de la tierra, como si ésta bufara. Fue en ese momento en que se dio cuenta que era un movimiento telúrico; sin embargo, pareciera que arreciaba el vaivén de la oscilación a cada segundo que transcurría. Y efectivamente, el temblor tomaba más fuerza según transcurrían los instantes y afianzado fuertemente del altar, miraba cómo se movían las luces que pendían de los techos; e inclusive, los ropajes con que se encontraban vestidos los santos se movían. Las campanas que se encontraban en lo alto de las torres, comenzaron a repiquetear sin ton ni son; indudablemente era un sismo de gran magnitud. Algunas imágenes empezaron a caer y los cirios rodaron por los suelos. Las bancas parecieran que habían cobrado vida, rebotando de un lado para otro. El corazón del Padre Gustavo se afligió por lo que estaba pasando, pensó en sus feligreses; le pedía a Dios que los protegiera, que no les fuera a pasar nada, que no fueran víctimas de ese terremoto que amenazaba acabar con todo lo que estuviese en pie. Un ruido descomunal se escuchó en el atrio de la Iglesia, la hermosísima campana se había desplomado. Unas guijarros comenzaron a desprenderse de las cúpulas, arrastrando sin misericordia en su caída, lo que estuviese a su paso. Unas cuarteaduras comenzaron a aparecer en las paredes y como si fuera por obra de magia se extendían súbitamente hasta las bóvedas, sin respetar lo sublime de las obras artísticas que estaban ahí plasmadas. Inesperadamente el techo cedió y una gigantesca nube de polvo y tierra empezó a envolver en forma muy lenta toda la luz; un gran dolor parecía partirle la espalda impidiéndole respirar, ni siquiera una pequeña bocanada de aire podía aspirar; una desesperación se empezó apoderar de él, podía sentir cómo los latidos de su corazón se hacían cada vez más y más espaciados, más débiles, fue entonces que el Padre Gustavo pensó: ¡Dios mío, hágase Tu Santa Voluntad! Una espesa oscuridad cubrió la luz y sus oídos seguían escuchando el ruido que se sucedía con el caer de las paredes; el tiempo se detuvo, su conciencia seguía percibiendo, más no sabía que ocurría.
mañana continuaremos…


