Padre Gustavo VII
La flama sencillamente danzaba sobre el pabilo, y sus sentidos naturales no pudieron percibir ni calor, ni dolor alguno, ¿qué pasaba?.
Trató de tomar el cirio con las manos y lo único que logro fue que sus manos se entrelazaran una con la otra. Dirigió su mirada a los feligreses que se encontraban orando, unos miraban al altar y otros dirigían su mirada al suelo. Nadie se percataba su existencia.
Bajó parsimoniosamente los tres escalones de mármol blanco y dando media vuelta se dirigió a la sacristía. El camino que en innumerables veces había recorrido en poco tiempo, ahora se le hacia interminable. Alcanzó a ver que en la oficina se encontraban tres personas:
“Doña Lupita”, la secretaria parroquial, una mujer ya bastante madura, de corta estatura y regordeta de cuerpo, de cabello rizado y con bastantes canas que sobresalían, con unos lentes bastante gruesos y que se encontraban montados en un armazón de pasta negra, vestida con una falda de color café, hecha de fieltro. Y una blusa amarilla abotonada hasta el cuello.
“Donaldo”, el diacono ó seminarista que llegaba de visita a la Iglesia. Un joven que no rebasa los 25 años, complexión delgada, cabello lacio y negro, ojos negros y nariz aguileña, enmarcados por unas profundas ojeras. Su mano derecha sostenía una pequeña maleta de viaje. Vistiendo un modesto traje de color negro acompañado de una camisa blanca, pulcramente planchada.
La otra persona que se encontraba en la oficina era un fraile. Inminentemente reflejaba una gran estatura y una imponente constitución. Vestía un hábito inmaculadamente blanco, con una gran capucha que ocultaba sus facciones.
La secretaria y el seminarista sostenían una escueta charla, tal pareciera que eran monólogos. Los segundos transcurrían lentamente y el tic tac de un reloj de pared se podía escuchar en la tranquilidad del lugar.


