Padre Gustavo VII

La flama sencillamente danzaba sobre el pabilo, y sus sentidos naturales no pudieron percibir ni calor, ni dolor alguno, ¿qué pasaba?.
Trató de tomar el cirio con las manos y lo único que logro fue que sus manos se entrelazaran una con la otra. Dirigió su mirada a los feligreses que se encontraban orando, unos miraban al altar y otros dirigían su mirada al suelo. Nadie se percataba su existencia.
Bajó parsimoniosamente los tres escalones de mármol blanco y dando media vuelta se dirigió a la sacristía. El camino que en innumerables veces había recorrido en poco tiempo, ahora se le hacia interminable. Alcanzó a ver que en la oficina se encontraban tres personas:
“Doña Lupita”, la secretaria parroquial, una mujer ya bastante madura, de corta estatura y regordeta de cuerpo, de cabello rizado y con bastantes canas que sobresalían, con unos lentes bastante gruesos y que se encontraban montados en un armazón de pasta negra, vestida con una falda de color café, hecha de fieltro. Y una blusa amarilla abotonada hasta el cuello.
“Donaldo”, el diacono ó seminarista que llegaba de visita a la Iglesia. Un joven que no rebasa los 25 años, complexión delgada, cabello lacio y negro, ojos negros y nariz aguileña, enmarcados por unas profundas ojeras. Su mano derecha sostenía una pequeña maleta de viaje. Vistiendo un modesto traje de color negro acompañado de una camisa blanca, pulcramente planchada.
La otra persona que se encontraba en la oficina era un fraile. Inminentemente reflejaba una gran estatura y una imponente constitución. Vestía un hábito inmaculadamente blanco, con una gran capucha que ocultaba sus facciones.
La secretaria y el seminarista sostenían una escueta charla, tal pareciera que eran monólogos. Los segundos transcurrían lentamente y el tic tac de un reloj de pared se podía escuchar en la tranquilidad del lugar.

Posted: September 12, 2006 Comments (0)

Padre Gustavo III

Trató de moverse y su cuerpo no respondió a su petición, comenzó a experimentar una paulatina frialdad en las plantas de los pies, en las pantorrillas, en las piernas, en el pecho y en la cabeza, tal pareciera que la piel se había convertido en hielo; insensible a cualquier estímulo, adormecida a las sensaciones naturales, pero no experimentaba ningún dolor, inexplicablemente nada le preocupaba.
La noción del tiempo y de espacio se esfumó, por su mente apareció una película de su vida; ahí se veía corriendo por la rústica casa de sus padres, con las grandes macetas que contenían las plantas que con mucho amor cuidaba su madre y también se vio huyendo de su perro “El Lobo”, que traviesamente le mordisqueaba los huaraches.
Nuevamente contempló la imagen de su madre que lloraba la muerte trágica de su padre. Y a su padrino el “Padre Manuel”, lo llevó al seminario para que recibiera una cristiana educación. Y también de aquellas largas, pero largas tardes, cuando tomaba sus clases de Teología. Y se vio nuevamente en aquella solemne ocasión en que se ordenó como sacerdote, tomando con conciencia los votos de castidad y de pobreza. De su llegada a la primera iglesia que le había designado el Arzobispado, una iglesia en un barrio a las orillas de la Ciudad. Y posteriormente a las siguientes, llegando a esta última Iglesia colonial que estaba situada en el centro de la gran metrópoli.
Una gran paz se adueñó de su percepción y se sintió insustancial, abrió sus párpados y se levantó, palpó su cuerpo y se dio cuenta que no tenía ninguna lesión. Y pensó dentro de sí mismo: ¡Dios mío, recíbeme en Tu Seno, hágase Tu Voluntad!. ¡Madre mía de Guadalupe intercede por mí, ante Dios nuestro Señor!…
Desconcertado se dio cuenta que seguía estando en las ruinas de las que había sido su iglesia, pero todo estaba a oscuras; a lo lejos, entre lo que iba quedando de la nube de polvo, alcanzó a ver una tenue luz, en dirección a la puerta que daba al atrio. Se encaminó y cuanto más avanzaba más resplandeciente se hacía la luz. No le causaba ningún malestar ver la desolación que imperaba. Pensaba que caminaba, mas no sentía que pesara su cuerpo.
Cuando llegó al umbral de la inmensa puerta, una música celestial llegó a sus oídos, una que jamás había escuchado, tal pareciera que emanaba de su propio interior.

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