Padre Gustqavo IV
Dio un paso más y bajó la mirada para ver sus pies, estaba pisando un suelo de madera, alzó la vista y se dio cuenta que estaba parado en un hermosísimo y espacioso salón. Sus paredes se hallaban cubiertas de una madera finísima, no había mueble alguno, solamente había un estrado y detrás de éste una puerta.
Una placentera luz brotaba de las paredes, del piso, del techo, de todas partes. El Padre Gustavo pensó; «¡Estoy en el Gran Jurado, y es aquí en donde me someteré al Juicio, se me va a juzgar con base en mis malas y buenas acciones que hice en la Tierra!».
Un murmullo parecía emerger de todos los rincones del recinto, le recordó el sonido que produce el agua cuando va corriendo por un río, para después escuchar el aleteo de muchas aves en el cielo.
Un trueno lo cimbró de los pies hasta la cabeza e intrigado por tales circunstancias, surgió una voz de la nada, que aunque parezca increíble no se podría definir si era masculina y femenina y que le dijo:
¡Se Bienvenido a vuestra verdadera casa!
Toda su esencia se conmovió, las preguntas y respuestas no encontraban el caudal del raciocinio. Su mente era un torbellino de emociones y una paz ilimitada llenaba su corazón, nunca antes había percibido esta tranquilidad y serenidad.
Sus ojos miraban hacia todos los lados de la gran sala, esperando notar la presencia física de alguien, sin embargo no lograba distinguir a persona alguna.
Con voz trémula se aventuró a preguntar:
— ¿Eres tu, mi señor, por que no te lo puedo ver?
Esa misma voz que le había dado la bienvenida le dijo:
• Tranquilizad vuestra mente, tranquiliza vuestros sentimientos y tranquiliza vuestro espíritu.
Todas las preguntas que os has hecho a lo largo de vuestra vida, os serán contestadas. Sin embargo es necesario que vuestra reflexión se halle serena para que podáis entender lo que sucede.
Con un nudo en la garganta el padre Gustavo murmuró:
— ¿Eres tú, Dios?
• Para vuestro entendimiento: ¡Sí!.
— ¿Y por qué no te puedo ver?
• Me veráis en el momento que vos deseéis.
— ¿Sería posible que fuera en este momento?
• Dirigios a la puerta que se encuentra atrás del estrado y abridla.
El padre Gustavo aspiró profundamente, como tratando de llenar lo más posible de aire sus pulmones, tratando de tranquilizarse lo más posible.
Por fin conocería personalmente a Dios, estaría frente a frente. ¡Por fin!
Encaminó ceremoniosamente sus pasos hacia la bellísima puerta que se encontraba detrás del estrado; cuando hubo llegado, su mano derecha empujó suavemente la puerta, su corazón latía impulsado entre curiosidad y respeto. Cerró los ojos y dio pequeños pasos con el fin de traspasar el umbral.
¡Cuál sería su sorpresa que cuando acabó de entrar, se encontró en una habitación cubierta de espejos!
— Dios mío, ya estoy aquí. ¿En dónde estás?
• Enfrente de vos
— ¿En dónde?
• Me estoy reflejando en el espejo.
— Pero.. ¿En dónde?, yo nada más veo mi imagen.
• ¡Exacto, ese soy Yo…¡


