Padre Gustavo V
No supo qué pensar ni qué decir, estaba desconcertado por la respuesta.
— No esperaba esta respuesta, dijo el padre Gustavo.
• ¿Cómo me imaginabais?, dijo Dios.
— No sé, creía que te presentarías como siempre lo había imaginado.
• ¿Y cómo habíais imaginado, creído que fuera?
— Creí que te me presentarías como un hombre de edad avanzada, de tez blanca, de complexión delgada, de estatura alta, con una larga barba blanca, con ojos azules, tan azules como el cielo, vistiendo una túnica también de color claro; blandiendo en una mano un rayo de luz y en la otra sosteniendo un mundo. No sé, pensé que serías de otra manera. Muchos pintores renacentistas famosos te dibujaban así.
• Mi querido Gustavo, con las más sencillas palabras os contestaré: ¿Puede expresarse con palabras lo indescriptible? ¿Podéis medir algo inconmensurable? ¿Podéis atrapar la brisa en vuestro puño? Si lo hacéis, ¿es eso la brisa? Si medís aquello que es inconmensurable, ¿es eso lo real?
— ¡ Gracias a Dios que me lo explicaste en palabras sencillas!, ¿Cuales serían las complejas?
• ¿Qué es la más grande que puede concebir vuestra mente?
— El Infinito del Universo
• Pues bien, ese concepto de infinito, multiplicadlo por un número infinito… Eso es una parte ínfima de lo que yo soy, ésa es mi esencia, eso es una fracción infinitesimal de la materia de lo que me compongo. ¿Comprendéis entonces mi proporción?
— ¿NO!
• Gustavo, Dios no es cosa de la mente, surge mediante la reflexión de uno mismo; sólo llega cuando hay virtud, es decir, libertad. Sólo cuando la mente está complacida, serena, sin ningún proceso de sí misma, sin la proyección del pensamiento, consciente o inconsciente, sólo entonces se manifiesta “Lo Eterno”.
— Dios… ¿Hablas de que no debemos de pensar, para que te manifiestes?. No sería más fácil rezar?
• Una persona que suplica, que implora, que persigue ser encauzada, podrá encontrar lo que busca, pero no será la verdad.
Lo que interpreta será la respuesta de su propia mente inconsciente, proyectándose en el consciente.
Mediante la oración, la disciplina, la repetición y cosas similares, podéis producir cierta serenidad; pero eso es simplemente adormecimiento y reduce la mente y el corazón a un estado de hastío y cansancio.
Con esto se narcotiza la mente; y la salvedad, que llamáis concentración, no conduce a la realidad.
Lo que aporta comprensión es el conocimiento de uno mismo.
— Dios mío; me encuentro muy confuso con lo que esta ocurriendo. ¿No seria posible, que como me dijiste anteriormente serenara mi espíritu y mi mente, para poder entender en su plenitud lo que me dices?
• Mucha razón tenéis, Gustavo y por eso mismo te propongo que vos elijas donde desearías estar.
— Si no es mucho pedirte, me gustaría mucho dar un vistazo allá de donde vengo.
• Me parece correcto, sin embargo, lo haremos unos días antes del momento en que vinisteis a este lugar.
— ¿Cuál es la razón Dios mío?
• OS TENGO RESERVADO UN PLAN MUY ESPECIAL PARA VOS.


